El vino fuera de España: Alemania

Además de los grandes productores vinícolas europeos, Francia, España e Italia, Alemania también se hace un hueco dentro de la lista de países con mayor producción de vino a nivel mundial.

El clima frío que caracteriza al norte de Europa no favorece el cultivo de la vid. Por ese motivo, la mayor parte de los viñedos de Alemania se encuentran en la zona suroeste, cercano a los valles de los ríos Mosela y Rin, donde hay mayor nivel de insolación. El calor constante que caracteriza al microclima de esta zona es totalmente favorable para la maduración de la uva.

Existen trece regiones vinícolas dentro del terreno germano: Arh, País de Baden, Franconia, Bergstrasse de Hesse, Renania media, Mosela-Sare-Ruwer, Nahe, Palatinado, Rheingau, Hesse renana, Saale-unstrut, Sajonia, y Württemberg.

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¿Qué vinos encontramos en Alemania?

La mayor parte de la producción de Alemania son vinos blancos, exquisitos y muy reconocidos, aunque últimamente también se están elaborando vinos tintos de buena calidad, con variedades como la Spätburgunder o Pinot Noir, la Lemberger y la Dornfelder. De las diferentes variedades de uvas blancas que podemos encontrar, destacan la Riesling, emblema de los vinos alemanes, la Sylvaner, la Gewürztraminer, la Ruländer, la Pinot Blanc y la también importante Müller-Thurgau, creada por el Doctor Ingeniero Agrónomo D. Hermann Muller-Thurgau a partir del cruce de las variedades Riesling y Sylvaner.

Las regiones vitícolas alemanas más importantes

Las mejores zonas de cultivo de vid se encuentran en los valles de los ríos Rin, Mosela, Nahe, Neckar y Main.

  • Rheingau. Muy cercana al río Rin y de la ciudad de Frankfurt, esta región es en la que se producen los vinos de mayor reputación y de precios más elevados. Su ubicación geográfica y las condiciones únicas que posee su clima, favorecen la producción de un vino único y exquisito con aromas elegantes y finos, fundamentalmente de la cepa Riesling.
  • Rheinhessen. En la ribera del Rin y muy cercano a la desembocadura del Nahe, se encuentra esta región, en la que sus buenas temperaturas permiten una perfecta maduración de la uva. El principal cultivo de esta zona es la uva blanca, aunque también se trabajan híbridos que han tenido muy buenos resultados. Los pueblos de más renombre en esta zona son Nierstein y Oppenheim.
  • Mosela-Sarre-Ruwer. Las riberas de los ríos Mosela, Sarre, y Ruwer, frontera con Luxemburgo, son zonas idóneas para el cultivo de la vid. Sus escarpadas laderas y la riqueza mineral de sus suelos confieren una tipicidad a sus vinos muy apreciada en todo el mundo. Esto la convierte en una de las regiones con mayor producción a nivel nacional, cuyos mejores vinos son de la variedad Riesling.
  • Renania-Palatinado. Sin duda, una de las zonas más relevantes en lo que producción vitícola se refiere, ya que posee un microclima cálido óptimo para ello. Sus tintos obtienen cada vez más reconocimiento y reputación. El carácter desenfadado de los productores de esta bella región así como la bonanza climática de la que disfrutan, la convierte en una de las preferidas para enoturistas alemanes y de todo el mundo.
  • Baden. Nos vamos a la ribera del río Rin y lago Constanza, donde nos encontramos una región en la que, además de vino, contamos con una excelente gastronomía. Posee siete variedades de uva, de las cuales seis de ellas son blancas: la Müller-Thurgau, la Spätburgunder, la Ruländer, la Gutedel, la Riesling, la Weissburgunder y la Sylvaner.

Aunque España es uno de los principales países productores de vino, con unos excelentes Riberas de Duero dignos de mención, no podemos olvidar que existen otras muchas zonas en las que se producen vinos que no podemos dejar de probar. Como amantes del vino, ¿qué mejor que experimentar con sabores nuevos?

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¿Cuál es el origen de San Valentín?

Por mucho que algunos lo piensen, San Valentín no es un invento de las grandes superficies. Su historia probablemente más certera, aunque no clara del todo, tiene que ver con la labor de la Iglesia Católica en erradicar una costumbre pagana.

En el siglo V D.C. el Papa Gelasio I quiso terminar con la fiesta romana de las Lupercales. Esta celebración de la antigua Roma se festejaba el día 15 de febrero en honor a la loba (Luperca) que supuestamente amamantó a los hermanos gemelos Rómulo y Remo en el Monte Palatino y que supuso el germen del Imperio Romano.

El papa Gelasio I decidió dedicar justo un día antes de la fiesta romana de las Lupercales una celebración en honor al Santo Valentín. El origen de este Santo también se remonta a Roma, en concreto al 270 D.C.

En aquella época, el emperador Claudio II prohibió el matrimonio de los jóvenes soldados, pues consideraba que el amor y las relaciones con mujeres mermaban sus capacidades para combatir. Sin embargo, había un sacerdote llamado Valentín que se saltó la norma del emperador consagrando en matrimonio de forma clandestina a los jóvenes soldados que lo deseaban.

Cuando el emperador Claudio II se enteró, mandó ejecutar a Valentín, y éste apeló a la piedad de distintas instituciones Cristianas. De poco sirvieron sus plegarias y Valentín fue ejecutado el 14 de febrero del año 270. El sacerdote murió como un mártir y después fue nombrado Santo. Es por eso que dos siglos después el papa Gelasio I aprovechó este hecho histórico para que se dejase de celebrar en roma la costumbre pagana de las Lupercales.

¿Y qué tiene que ver Cupido en todo esto?  El gracioso angelito representado con un arco y una flecha, cuyo nombre procede del latín y significa ‘deseo’, era hijo de Venus, la diosa del amor. En la mitología griega, Cupido era el dios Eros (hijo de Afrodita) y se representaba de esta forma porque su función era causar el enamoramiento con sus flechas de punta de oro entre hombres y mujeres, pero también la amistad.

En este punto, seguro que estarás pensado… “Ya, pero el tema de los regalos seguro que fue idea de las grandes superficies”… ¡Pues tampoco! La historia de la celebración del Día de San Valentín continúa en el S. XIX en la localidad de Worcester, Massachusetts. Esther A. Howland tuvo la genial idea de empezar a comercializar postales y dedicatorias en una librería regentada por su padre con motivos de corazones para celebrar el día de San Valentín. Los regalos conquistaron un gran éxito, tanto que se ha extendido a nuestros días.

En definitiva, el origen de San Valentín no está del todo certificado, pero sin lugar a dudas es una fiesta extendida casi a nivel mundial, aunque sobre todo en occidente.  En algunos países, este festejo está más orientado a la amistad que al amor, así que, tengas pareja o no, ¿por qué no dedicar a celebrar un día con las personas que más quieres?

En Bodegas Comenge te lo ponemos muy fácil, tendrás la oportunidad de visitar la bodega, catar nuestros vinos y alojarte en el Convento de las Claras de Peñafiel (Valladolid) con tan sólo participar en el concurso que hemos organizado a través de Facebook.

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La D.O. Jerez – Sherry, el sistema de criaderas y soleras (II)

Continuamos este segundo post sobre los vinos de la Denominación de Origen Jerez-Sherry en el año de su 80 cumpleaños. En la anterior entrada sobre el tema, hablamos sobre las características de esta región vitivinícola – su suelo, climatología…- , así como de los tipos de vinos que allí se elaboran.

En esta ocasión nos centraremos en una fase (larga, muy larga) de los vinos de Jerez que les hace mundialmente conocidos: la crianza en  barricas mediante el sistema de criaderas y soleras.

Antes de ello, debemos explicar los dos tipos de crianza a los que se someten los vinos de Jerez: la crianza biológica y la crianza oxidativa.

La crianza oxidativa es la crianza en barricas que realiza habitualmente en cualquier zona vitivinícola. Tras la fermentación alcohólica, los vinos se introducen en barricas –o ‘botas’, como se les denomina en Jerez –  para ser sometidos a una larga crianza. Se llama ‘oxidativa’ por la transmisión de este elemento entre los poros de la madera y el vino; la crianza en barrica aporta complejidad, estructura y aromas como tostado, tofes, vainilla o chocolate.

Pero si hay algo que distingue a los vinos de Jerez es la crianza biológica o bajo ‘velo de flor’. El velo de flor es una capa que se crea en la superficie del vino cuándo éste esta en barrica. Este velo está formado por las propias levaduras del vino y en él existe una gran actividad microbiológica.

Este velo,  por un lado, protege al vino contra la oxidación y, por otro, genera gran cantidad de unos compuestos llamados  ‘acetaldehídos’, derivados del consumo de alcohol por parte del velo de flor y que ofrecen unos aromas agradables y muy característicos de los vinos de Jerez – o de los vino ‘rancios’ de Serrada, sobre los que ya hemos hablado en alguna ocasión-.

El método de elaboración clásico de un vino de Jerez (fino, manzanilla, amontillado…) es que primero son sometidos a una crianza biológica y después a una oxidativa. Sin embargo, la crianza oxidativa es una crianza dinámica, es decir, el vino no permanece durante ‘x’ meses en la barrica, si no que se va mezclando con vinos de añadas anteriores.

El sistema de criaderas y soleras

Se denomina ‘solera’ a la bota que está apoyada en el suelo. Esta bota contiene el vino más antiguo, el primer vino, el que sentará la base para desarrollar el sistema de las criaderas. Hay algunas bodegas en Jerez que presumen de tener soleras de hace más de cien años.

Al año siguiente de sentar la solera, se establecerá la primera criadera, una segunda bota con vino de la posterior cosecha que se situará encima de la primera bota a modo de pirámide.

De la solera, se obtendrá el primer vino para embotellado, en torno a 1/3 del contenido de la bota, aunque esto depende del tipo de vino qué se quiera conseguir. A este proceso se le llama ‘saca’ y se suele hace una vez al año. Ese tercio, se rellenará con el vino de la primera criadera, es decir, en la solera habrá vino de dos añadas distintas.

En el tercer año, se pondrá la segunda criadera. Las botas de la primera criadera se rellenarán con vino de la segunda y la solera con algo de vino de la primera criadera. Este proceso se puede alargar durante muchísimos años, de ahí el porqué son tan apreciados los vinos de Jerez y la razón por la que en sus etiquetas no aparece reflejada ninguna añada.

Imagen: CR DO Jerez - Sherry

Imagen: CR DO Jerez – Sherry

La D.O. Jerez – Sherry cumple 80 años (I)

Lejos de pretender escribir un manual sobre los vinos de Jerez (necesitaríamos un blog entero sólo para explicar la tipología y a características de los mismos), con este post queremos hacer un pequeño homenaje a la Denominación de Origen Jerez – Sherry que cumple, ni más ni menos, que 80 años.

A lo largo de todo el año se han  estado organizando numerosas actividades por todo el país: desde conferencias, presentaciones, la ‘sherry-week’, incluido el hermanamiento con la D.O. Cigales durante el ciclo Cine y Vino en la Seminci de Valladolid, sobre lo que ya hablamos en un anterior post.

Uno de los acontecimientos más importantes en torno al cumpleaños de la D.O. Jerez- Sherry será los próximos días 26, 27 y 28 de noviembre, cuando se celebrará un Congreso Científico donde expertos de diversos sectores analizarán la evolución de éstos vinos andaluces a lo largo de ocho décadas de vida.

Pero, ¿qué les hace tan especiales a los vinos de Jerez? Para comenzar, es necesario hablar de las características climáticas y ampelográficas del Marco de Jerez, aunque también es necesario detallar que hay grandes diferencias desde la propia ciudad de Jerez de la Frontera a Sanlúcar de Barrameda (abrazado por el mar al sur y por el Parque de Doñana al oeste), o El Puerto de Santamaría.

En líneas generales, el clima en la D.O. Jerez – Sherry es cálido y, dependiendo de las subzonas, el mar humedece el ambiente creando ambientes distintos según la orientación. Lo más curioso, sobre todo para nosotros que estamos en la Ribera del Duero, es que la pluviometría es prácticamente el doble en nuestra zona: llueve en torno a 600 mm al año, frente a los 300 -330 mm de Valladolid. Eso sí, de 365 días que tiene el año, durante 300 días hace sol y el agua cae en los 65 restantes.

Otra peculiaridad del terroir de Jerez es su suelo, “la albariza”, formado por caliza y sílices en mayor y menor proporción. La albariza es el mismo suelo que se encuentra en la región de Champagne, Francia.

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Los vinos

El Consejo Regulador de la D.O. Jerez-Sherry tiene como principales variedades autorizadas Pedro Ximénez, Moscatel y Palomino, variedad reina de la zona tanto por su historia como por la calidad de sus vinos. Esta última variedad era también la más extendida en la zona Rueda hace unos 30 años, cuando se usaba para elaborar vinos para cocinar, conocidos como los vinos ‘rancios de Serrada’.

Los vinos generosos son los más conocidos de Jerez, aunque también se elaboran vinos generosos de licor y vinos dulces naturales.

Manzanilla: Elaborado con palomino y de forma exclusiva en Sanlúcar de Barrameda

Fino: El concepto es el mismo que para la manzanilla (crianza con velo de flor) pero se elabora en otras localidades que no son Sanlúcar de Barrameda.

Amontillado: También hecho con palomino, mezcla las dos elaboraciones típicas de Jerez, la crianza biológica, sobre velo de flor, y la crianza oxidativa, cuando el velo desaparece.

Oloroso: Igualmente con palomino, se trata de un vino, que por sus características de estructura y potencia, se le destina directamente a la crianza oxidativa, añadiéndolo alcohol para su envejecimiento.

Palo Cortado: La filosofía de este vino podría resumirse en que el enólogo o bodeguero tiene un vino que, por su singularidad, no puede incluirse en ninguno de los grupos anteriores y se le somete a una especial crianza, “receta” personal de la cada casa.

Los vinos de Jerez se pueden encontrar en restaurantes de prestigio de todo el mundo pues, aunque a priori no lo parezca, son vinos muy gastronómicos. Si te gusta el picante, no dudes en tomar un amontillado para incentivar esa sensación, disfruta de un buen aperitivo con fino o manzanilla – ¡por no hablar del jamón ibérico! – y no te pierdas un oloroso con un plato de carne de caza o un guiso.

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Nuevas -¡o no tanto!- formas de vinificación

Uno de los aspectos más bonitos de la enología es la capacidad para renovarse, investigar, innovar y también, volver a los orígenes, a la tradición, buscando el porqué de las cosas.

En los últimos tiempos la variedad de vinos y de nuevas metodologías de elaboración despierta la curiosidad de algunos consumidores que cada vez tienen un mayor conocimiento sobre el mundo del vino y más capacidad para buscar información sobre el mismo.

Se busca singularidad, personalidad, una filosofía. Ver más allá de una copa de vino, una de las máximas de Bodegas Comenge.

En la búsqueda de esa particularidad se ha vuelto a métodos que, lejos de presumir de modernidad, vuelven a técnicas ancestrales. Hoy queremos hablar de dos de esos métodos o, mejor dicho, de los ‘utensilios’ que se emplean para elaborar esos vinos especiales.

Las ánforas

La fermentación de mosto es ánforas o tinajas de barro está de moda,  hay una tendencia de regreso a lo natural. Pero, ¿por qué usar éstos recipientes? Desde luego no es algo nuevo, los romanos y fenicios ya las usaban para transportar alimentos. Solían cerrarlas con aceite, pez o barro y de esta manera se aseguraban de la buena conservación durante las largas travesías en barco.

Hoy las ánforas, hechas con arcilla, permiten que la fermentación se realice a menor temperatura -lo que favorece los aromas primarios o varietales-, un mayor intercambio de oxígeno entre el exterior e interior del depósito y, obviamente, el no aporte de aromas propios de la barrica a los que tan acostumbrados están nuestros paladares.

Para rizar el rizo, algunos elaboradores han ido más allá y se ‘atreven’ a depositar estas ánforas con vino en el fondo del mar, con el fin de conseguir mayor estanqueidad, oscuridad, una temperatura más constante y una presión atmosférica distinta. O incluso a fabricarlas con parte de la misma tierra sobre la que se asientan sus viñedos, tanta como admita la mezcla para poder moldear y cocer correctamente el barro.

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Depósitos de hormigón

Los depósitos de cemento u hormigón son otro de los recipientes que se están recuperando para fermentar el vino. Al igual que ocurre con las ánforas, aunque su empleo no es tan ancestral, se emplean para la elaboración de vinos de altísima calidad desde hace décadas en Francia. Antiguamente también era bastante habitual encontrarlos en España y ahora su uso se está extendiendo por todo el mundo, pues algunos de los problemas que podían ocasionar a los vinos se han evitado empleando nuevas fórmulas en el hormigón.

Lógicamente, y al igual que pasa con las tinajas, no encontraremos los aromas avainillados, tostados o de chocolate que aportan las barricas de roble; pero los depósitos de hormigón tienen otra serie de ventajas. Una de ellas es que también favorecen la micro-oxigenación natural del vino, propiciando la formación de pigmentos estables y suavizando los taninos.

Las características térmicas del hormigón (baja conductividad térmica) confieren a estos depósitos un comportamiento térmico muy apto para la elaboración y guarda de los vinos, pues en ellos los cambios de temperatura se producen mucho más lentamente que en el acero inoxidable.

Mención especial merecen los depósitos de hormigón de forma ovalada o huevos, cuya geometría favorece el poner las lías en suspensión (una especia de ‘batonage’ natural), lo que ayuda a proteger al vino de la oxidación y le aporta una mayor complejidad y densidad en boca.

En bodegas Comenge usamos depósitos de hormigón cúbicos tanto para la fermentación alcohólica como para la maloláctica, especialmente para ésta última.  Al finalizar la fermentación alcohólica, el vino que ponemos en hormigón calienta las paredes, que irán regulando poco a poco la cesión de calor al vino a medida que se enfríe el ambiente.

Durante esta etapa, la temperatura del vino debe estar comprendida preferentemente  entre 20 y 22°C, condiciones ideales para el desarrollo de las bacterias lácticas necesarias para llevar a cabo el metabolismo del ácido málico.

Es precisamente ahora, en esta época fría del año, cuando se lleva a cabo este proceso. El empleo de depósitos de hormigón nos permite mantener  estable este rango de temperatura con facilidad, evitando pérdidas energéticas, cambios continuos de temperatura en el vino y ahorrando energía.

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El vino fuera de España: Italia

Italia es otro de los grandes protagonistas dentro del marco vinícola mundial. Si prestamos atención a su historia, podemos comprobar que el vino es una parte fundamental para comprender su cultura; incluso antes de la llegada de los romanos, la práctica de producción del vino ya había llegado a este país gracias a los etruscos y los griegos, por lo que existe una larga tradición vinícola en esta zona. Actualmente, con una quinta parte de la producción mundial y un índice de consumo por habitante de unos 38 litros al año, Italia es uno de los países vinícolas por excelencia.

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Los vinos italianos son considerados, indiscutiblemente, como unos de los mejores del mundo. Uno de los principales motivos es el amplio abanico de sabores, texturas y variedades de alta calidad que brinda cada región de este país. Aunque total podríamos sumar alrededor de 500 Denominazione di Origine (405 vinos DOP,73 de las cuales son DOCG), a continuación te ofrecemos una visión general de las denominaciones más importantes procedentes de esta bella región.

Piamonte. Se trata de una de las regiones más importantes. Sus viñedos ocupan la sexta parte de la superficie total de viñedos del país, y sus vinos son únicos y muy personales. La uva principal es la Nebbiolo, protagonista de los famosos vinos Barolo DOCG y Barbaresco DOCG. Si nos vamos al sureste, encontraremos otras variedades de vino tinto como la Barbera. En cuanto a blancos, destaca el vino Asti Spumante elaborado con la uva Moscato Bianco.

Veneto. Situada en el noreste, esta zona es la más variada en cuanto a producción y posee tres denominaciones de gran relevancia: Valpolicella DOC (vino ligero, sabroso, de color rubí), el Bardolino DOC (más ligero y con aroma a cereza) y el Soave DOC (seco, sabroso, de aromas afrutados con un suave toque de almendra tostada). Dentro de esta región se elabora también el mundialmente conocido Prosecco, el vino espumoso más consumido en Italia.

Toscana. Esta es una zona de larga tradición vinícola que fue notablemente impulsada en los años 80, produciendo un efecto inspirador en las demás regiones italianas. Sus vinos más conocidos son los de Chianti. La denominación Chianti DOCG, que engloba un total de cinco provincias, da nombre un vino tinto en el que la cepa Sangiovese, mezclada con Canaiolo y variedades blancas como Trebbiano y Malvasía, es la protagonista. Otras denominaciones notables son: Brunello di Montalcino DOCG (vinos de cuerpo y sabor intenso), Vino Nobile di Montepulciano DOCG, Carmignano DOCG, y Pomino DOCG.

Sicilia. Dentro de la producción vinícola de esta isla destaca el Marsala, uno de los vinos encabezados más importantes a nivel internacional. Se produce en los alrededores de la ciudad de Marsala a raíz de vinos blancos de las cepas Catarratto, Grillo Damaschino e Inzolia. Por ley, debe encabezarse con aguardiente de vino, y puede llegar a reposa hasta diez años en barrica de roble. Otros vinos destacados son Alcamo DOC (blanco seco) y Cerasuolo di Vittoria DOC (tinto).

Emilia-Romagna. El vino más famoso de esta región es el Lambrusco (frizzante), de aguja y dulce. Aunque generalmente es tinto, igualmente puede ser blanco o rosado. En esta zona destacan: Lambrusco di Sorbara DOC, Lambrusco Salamino di Santa Croce DOC, Lambrusco Grasparossa di Castelvetro DOC y Lambrusco Reggiano DOC, este último de mayor producción.

Trentino/ Alto Adige. Esta región se ha convertido hoy en día en la más importante de Italia en cuanto a la producción de vinos blancos aromáticos, elaborados con las variedades Pinot Blanco, Riesling, Chardonnay y Gewürztraminer. También está reconocida como una de las mejores regiones productoras de vinos espumosos del mundo, empleando el método clásico para su elaboración.

Otras zonas importantes dentro del país italiano son: Lombardía, Valle de Aosta, Liguria, Friul-Venecia Julia, la isla de Cerdeña y Apulia, la región que recoge una mayor producción.

La fiesta de la vendimia: su historia

Es indiscutible la notable presencia del vino a lo largo de la historia. Desde su descubrimiento, probablemente en el mundo egipcio, hasta la actualidad, ha sido uno de los productos más importantes y de mayor consumo de la civilización.

Si el vino tiene su historia, indudablemente también lo tiene la vendimia. Como proceso que da origen al vino, el desarrollo de sus técnicas y procedimientos cobra una especial importancia.

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Se conocen prácticas ya en el Antiguo Egipto, muy similares a las actuales, en las que los mismos vendimiadores pisaban la uva. Todo este proceso iba seguido de un largo y ceremonioso ritual, que podemos considerar como los orígenes de las fiestas de la vendimia, celebración prácticamente inseparable del proceso en sí.

En la Antigua Roma, no podemos hablar de vendimia y su fiesta sin citar las Vinalias, las celebraciones del vino romanas por excelencia. En honor a Júpiter y Venus, los romanos organizaban esta fiesta para pedir protección sobre las huertas, vendimia y viñas, y normalmente, terminaban en auténticas bacanales, que fueron representadas en múltiples piezas cerámicas de la época. La importancia del vino en la época clásica se refleja también en la presencia del “dios del vino y la vendimia”, llamado Dioniso en la era Griega, y Baco en la era romana.

Como curiosidad, los romanos primero vendimiaban la parte que daba al sol, y la mayor parte de las personas que vendimiaban eran mujeres, haciéndolo bien con tijeras o con sus propias manos.

En la Edad Media, con la llegada del Cristianismo, el vino adoptó un carácter sagrado y litúrgico, ya que para los cristianos representa la sangre de Jesucristo. No se conoce mucho acerca de las fiestas de la vendimia como tal, sobre todo si tenemos en cuenta que los cultivos se ubicaban fundamentalmente alrededor de los monasterios, en los que reinaba la austeridad. Sin embargo, una vez entrado el Renacimiento, y con la vuelta de los valores y prácticas de la Era clásica, igualmente volvieron todos los rituales paganos en torno al vino, copiando en la medida de lo posible las prácticas y fiestas de entonces.

Con los años, y entrando en el mundo moderno, las fiestas de la vendimia fueron asentándose y creando una auténtica tradición en toda Europa occidental. Concretamente en Francia, se tenía la certeza de que sus tierras poseían viñedos desde la época de los celtas, grandes expertos en viticultura. Esta parte del país tiene una larguísima tradición de la vendimia que no ha podido ser documentada al completo, pero es muy probable que de allí provengan las fiestas de la vendimia que hoy conocemos.

Hay varias ciudades europeas, como Vevey (Austria), que aún mantienen las fiestas de la vendimia originales, sin haber sufrido ninguna modificación desde la época medieval, convirtiéndose así en fiestas de importante interés cultural. En lo que respecta a España, son muchas las fiestas de la vendimia que se celebran en diferentes puntos del país: Logroño, Jumilla, Jerez, Rueda, Valdepeñas, Sotillo de la Ribera, Ainzón, Montilla, Villafranca de los Barros, y Toro, entre otras.

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Fiestas de la vendimia en España

Septiembre es el mes de la vendimia, el momento en el que se recoge la uva para iniciar el proceso de realización del vino. Pero también es tiempo de celebración; muchas regiones vinícolas de España celebran por todo lo alto este proceso, convirtiéndose con el paso de tiempo en importantes fiestas reconocidas a nivel internacional. Sin duda alguna, es una ocasión única y especial para organizar una escapada de enoturismo y disfrutar del vino más auténtico.

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Las fiestas de la vendimia se organizan en diferentes partes de España a mediados de mes de septiembre. Durante las mismas, no sólo podrás disfrutar del protagonista, el vino, sino también realizar en diferentes actividades como, por ejemplo, participar en el proceso de la vendimia recogiendo y pisando la uva, catas, fiestas, etc, y deleitarte con la mejor gastronomía, y con la belleza de la arquitectura y el patrimonio cultural de las regiones en las que se realizan. A continuación, destacamos algunas de las más importantes:

Logroño

Los vinos con denominación de origen La Rioja gozan de una importante fama y prestigio internacional. Las fiestas de la vendimia de esta zona, por tanto, no podrían si no estar a la misma altura que la calidad de los vinos a los que da nombre. Este año, la fiesta cuenta con un importante concurso de vinos, y otras actividades como grupos de danzas, juegos, y una gran comida popular. Si no puedes estar para la fiesta grande, seguro que puedes apuntarte a alguna otra de las actividades que realizan durante todo el año, como las rutas del vino por la Rioja Alavesa.

Rueda

De esta localidad vallisoletana nació otra de las denominaciones de Origen prestigiosas. Apunta el segundo fin de semana de octubre en tu agenda, y no te pierdas una de las fiestas de la vendimia más importantes del país. Es una de las fiestas más concurridas, a las que acuden personas de toda España, y en las que se organizan actividades como talleres de artesanía, verbenas, juegos, y exposiciones. En ellas, todas las bodegas de la Comarca tienen la posibilidad de mostrar al público sus mejores productos y su modo de elaboración mediante jornadas de puertas abiertas. Marca ya el segundo fin de semana de octubre en tu calendario y no te las pierdas.

Jerez de la Frontera

Las fiestas de la vendimia de esta localidad están declaradas como de Interés Turístico Internacional. Celebradas hacia mediados de septiembre, se caracterizan por un amplio catálogo de actividades entre las que destacan: muestra de títeres, ferias de artesanía, pisada de la uva, catas, visitas a bodegas, actuaciones en vivo, galas ecuestres, la feria gastronómica de la vendimia, etc.

Otras localidades en las que se realizan remarcables fiestas de la vendimia son: Valdepeñas, Sotillo de la Ribera, Ainzón, Montilla, Villafranca de los Barros, y Toro. Si para este año ya no te da tiempo a disfrutar de alguna de ellas, igualmente puedes acercarte a alguna de estas localidades y visitar sus bodegas u organizar alguna ruta del vino que seguro no te dejará indiferente. Plantearte un fin de semana de enoturismo es una buenísima idea si eres uno de esos amantes del vino que además quieren disfrutar de un ambiente tranquilo y relajado.

Historia del vino (II)

La historia del vino cobra especial importancia a partir de los siglos XV-XVI. Durante la Edad Media las comunidades religiosas y los monasterios fueron importantes centros de cultivo y elaboración de vino. Además de ser utilizado en ritos religiosos, los monjes abastecieron con sus productos a los peregrinos y ciudadanos de los alrededores, de modo que la actividad de las bodegas se intensificó y empezaron a florecer en monasterios y abadías.

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Desde entonces y durante los siglos siguientes, el vino se incorporó a la dieta habitual y comenzó a potenciarse su comercialización. Estas transacciones comerciales favorecieron el surgimiento de zonas vinícolas que abastecían de vino a la Corte. Sin embargo, a pesar de que en España el vino empezaba a despuntar de manera notable, era Francia el principal país productor. De hecho, se atribuye al francés Dom Pierre Perignon la introducción el vino espumoso y el uso del corcho para las botellas.

El siglo XIX fue clave para la producción vinícola. Los nuevos avances técnicos que se desarrollaron en esta época también llegaron al mundo del vino, creándose nuevas técnicas que sustituyeron a las antiguas prácticas artesanales. Por otro lado, la aparición del ferrocarril favoreció la comercialización del producto.

Hacia finales de siglo, en 1870, la filoxera arrasó los campos y los viñedos europeos. Como resultado, los profesionales procedentes de Francia cruzaron los Pirineos para poder continuar con su labor vinícola, y trajeron consigo gran cantidad de métodos y maquinaria que rápidamente se adoptarían en España, como la disposición de las cepas y el control de le fermentación. Años más tarde la plaga afectó también a España, pero las vides pudieron salvarse y recuperarse gracias al injerto sobre patrón americano.

Ya en el siglo XX, las investigaciones de Pasteur en tecnología aplicada a la elaboración del vino, y la creación de las Estaciones de Viticultura y Enología, impulsaron del todo el mercado del vino. A principios de siglo se creó la Oficina Internacional de la Viña y el Vino, y en los años 30 se inaugura el Instituto Nacional de Investigaciones Agronómicas, gracias al cual impulsó el conocimiento de la enología y su divulgación. Años después, nace la Unión Internacional de Enólogos y, en 1932, se crea el Estatuto del Vino.

Durante este siglo, el vino también tuvo algunas dificultades que superar: la producción vinícola se abandonó durante la Guerra Civil, y la Segunda Guerra Mundial impidió la comercialización europea. A partir de los años 50 empezaría a recuperarse, reactivando los viñedos y desarrollando nuevas técnicas y métodos para la producción que colocarían al vino español entre los mejores a nivel mundial.

A partir de los años 70, proliferó la creación de estatutos y leyes que favorecerían la producción y la regularización del comercio del vino. Entre ellos, destaca la creación del Instituto Nacional de Denominaciones de Origen en 1970, y la Ley de la Viña y el Vino en julio de 2003.

En la actualidad, la industria vinícola española sigue desarrollando nuevos métodos de producción en acorde con un desarrollo sostenible. El producto vinícola español, en sus múltiples denominaciones, goza de una gran reputación a nivel internacional, y se ha convertido en uno de los productos más demandados y más importantes a nivel comercial.

Historia del vino (I)

Resulta muy complicado decir con seguridad cuál es el verdadero origen del cultivo del vino, pero lo que sí sabemos es que el vino era conocido por la mayoría de los pueblos en la Antigüedad.

Probablemente su descubrimiento fuera igual que el de otros muchos hallazgos de la Historia, de manera casual, y fue incorporado a la alimentación, a rituales sociales, y prácticas curativas.

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Aunque no hay unanimidad, todo apunta a que la introducción del cultivo del vino en España vino de mano de los fenicios, un pueblo mediterráneo que se asentó en la Península en el siglo XII a.C. y que se dedicaba fundamentalmente al comercio entre Occidente y Oriente. El clima cálido típico del litoral mediterráneo hizo posible la proliferación del cultivo del vino, convirtiéndose éste en uno de los productos más comercializados en el Mediterráneo y el Norte de África. Durante la época de la expansión griega, el vino se expandiría a países como Francia e Italia. Los romanos tomaron el relevo del cultivo del vino introduciendo nuevos métodos para su elaboración, como el cultivo de vides en los árboles, que les permitió mantener un alto nivel de producción que se extendía a todo el imperio. El emperador César sería quién sustituyera las ánforas por el transporte en barricas de madera.

Con la caída del imperio romano y la invasión bárbara posterior, la viticultura en España sufrió un importante parón. Sin embargo, fueron los visigodos los que recuperarían esta práctica, devolviéndole la importancia que tenía años atrás.

A partir del siglo VIII, con la invasión árabe, el cultivo del vino tuvo complicaciones debido a la prohibición coránica de consumir bebidas alcohólicas. Sin embargo, éste se continuó elaborando fundamentalmente por dos motivos: la uva, como fruta, puede ser consumida, así como su zumo y el mosto sin fermentar. Por otro lado, no se prohibía su consumo a los no musulmanes y se permitió a los cristianos continuar con sus viñedos, especialmente en los monasterios. De este modo, el cultivo de la vid no sólo no se obstruyó sino que obtuvo un notable desarrollo.

Durante la Edad Media, la viticultura tomó gran importancia gracias a la Iglesia, que poseía gran cantidad de viñedos. El camino de Santiago fue una de las vías más importantes a través de las cuales se intercambiaban conocimientos, ideas, lenguas, y productos gastronómicos como la uva Albariño, traída por los monjes cistercienses.

Además de ser un producto fundamental en el rito cristiano de la Eucaristía, el vino fue un aspecto importante dentro de la vida monástica. Prácticamente todos los monasterios poseían un viñedo cultivado por los propios monjes. De este modo, podríamos considerarlos como los padres de la viticultura moderna.

Con el tiempo, las viñas de los monasterios irían creciendo hasta alcanzar las cuencas del Duero y el Ebro, y las zonas que comprenden el Camino de Santiago, como la ribera del Duero, Lerma, el Bierzo, y los campos de Castilla. Sería aquí donde comenzaría a desarrollarse una producción vitícola que daría como resultado unos de los mejores vinos de España y del mundo.