El cultivo de la vid lleva siglos estrechamente vinculado al clima y al entorno natural. Temperatura, precipitaciones, disponibilidad de agua o fenómenos como las heladas y el granizo condicionan cada campaña y obligan al viticultor a observar continuamente la evolución del viñedo.
Sin embargo, la modificación de los patrones climáticos está introduciendo nuevos retos. Cambios en las temperaturas, periodos prolongados de sequía y episodios meteorológicos extremos pueden alterar el ciclo vegetativo de la vid y afectar tanto al desarrollo de la planta como a la maduración de la uva.
El aumento de las temperaturas y su impacto en la vid
La temperatura desempeña un papel fundamental durante todo el ciclo de la vid. Cuando las temperaturas son más elevadas, determinadas fases del desarrollo pueden adelantarse y la maduración de la uva puede producirse con mayor rapidez.
Esto puede modificar el equilibrio entre azúcares y acidez, dos elementos fundamentales a la hora de determinar el momento adecuado para realizar la vendimia y las características de las uvas que llegarán a la bodega.
Los periodos de calor intenso también pueden provocar deshidratación y pérdida de peso en los racimos e incluso daños cuando la exposición al sol es especialmente intensa.
Ante estas circunstancias, el trabajo en el viñedo debe adaptarse. La orientación de las parcelas, la altitud, el manejo de la vegetación o la elección del momento de vendimia son algunas de las variables que permiten responder a las condiciones de cada campaña.
Todos estos cambios forman parte de un fenómeno más amplio. Comprender los efectos del cambio climático sobre la viticultura permite entender también por qué algunas prácticas tradicionales del viñedo deben evolucionar.
Fenómenos extremos: granizo, lluvias y heladas
La temperatura no es el único factor que puede condicionar una cosecha. El viñedo está expuesto a fenómenos meteorológicos que pueden provocar daños importantes en periodos muy cortos de tiempo.
El granizo es uno de los ejemplos más evidentes. Una tormenta intensa puede dañar hojas, brotes y racimos en cuestión de minutos. En algunas zonas se utilizan sistemas de protección, aunque su instalación en grandes superficies no siempre resulta sencilla.
Las lluvias intensas también pueden generar problemas. Un exceso de humedad prolongado favorece determinadas enfermedades del viñedo, como el mildiu, y obliga a prestar especial atención al estado sanitario de las plantas.
Las heladas tardías constituyen otro de los riesgos habituales en regiones vitivinícolas como la Ribera del Duero. Si se producen cuando la vid ya ha iniciado la brotación, pueden dañar los nuevos brotes y afectar a la producción de esa campaña.
La sequía y la disponibilidad de agua
En el extremo contrario se encuentran los periodos prolongados sin precipitaciones. Aunque la vid es una planta capaz de desarrollarse en condiciones relativamente exigentes, necesita disponer de agua suficiente en determinados momentos de su ciclo.
La escasez prolongada puede provocar estrés hídrico y afectar al desarrollo de la planta y de las uvas. Por eso, conocer las características de cada suelo y su capacidad para retener agua resulta especialmente importante.
No todas las parcelas responden de la misma manera. La profundidad del suelo, su composición, la orientación, la pendiente o la edad de las cepas pueden determinar cómo afronta cada viñedo un periodo seco.
Adaptar el viñedo a unas condiciones cambiantes
La viticultura siempre ha requerido capacidad de adaptación. Cada añada es diferente y obliga a tomar decisiones en función de lo que sucede en el viñedo.
La investigación, la observación y las nuevas herramientas permiten disponer de más información para hacerlo. La monitorización del estado de las plantas, el conocimiento detallado de cada parcela y la recuperación o estudio de variedades adaptadas a determinadas condiciones son algunas de las vías que está explorando el sector.
También cobran importancia las prácticas orientadas a conservar la biodiversidad, cuidar los suelos y favorecer un viñedo equilibrado. En Bodegas Comenge, el trabajo en el campo parte precisamente de esa relación entre la vid y el entorno que la rodea.
Porque el vino es, en gran medida, una expresión de su origen. Comprender cómo responde el viñedo a las condiciones de cada campaña y adaptar nuestro trabajo a ellas es fundamental para seguir buscando uvas de la máxima calidad y preservar el carácter del territorio.