El verano llega a su recta final y, mientras muchos regresan a la rutina después de las vacaciones, en el viñedo comienza uno de los momentos más emocionantes del año: la vendimia. Para quienes trabajamos en el mundo del vino, agosto y septiembre no son meses de descanso, sino de máxima actividad y expectación. En estas semanas se decide buena parte del futuro de la nueva añada, y cada decisión, cada día y hasta cada grado de temperatura, tienen un papel fundamental.

El momento de la vendimia

La vendimia no es una fecha fija: es el resultado de un delicado equilibrio entre la maduración de la uva, el clima y la experiencia de los viticultores. Durante las semanas previas, se realizan controles constantes en el viñedo: se mide el grado de azúcar, la acidez, el estado sanitario de los racimos y, por supuesto, se catan las uvas directamente en la cepa.

Decidir cuándo vendimiar es casi un arte. Si se recoge demasiado pronto, los vinos pueden resultar verdes y con una acidez excesiva; si se espera demasiado, la uva pierde frescura y equilibrio. El momento exacto es clave para lograr la personalidad única que buscamos en nuestros los vinos de Bodegas Comenge.

Selección de uvas: la clave de la calidad

Una vez tomada la decisión, comienza la recolección, que en nuestro caso se realiza de forma manual para garantizar un mayor cuidado de los racimos.
La selección empieza en la propia viña, donde se descartan aquellos racimos que no cumplen con el nivel de maduración o sanidad deseado.
Posteriormente, en la bodega, las uvas pasan por una mesa de selección, donde se revisan los racimos. A continuación, tras el despalillado (proceso mediante el que se separan las bayas del raspón, desechando este último), utilizamos una segunda mesa de selección para revisar la calidad de los granos de uva, garantizando así, que solo la fruta en perfecto estado inicia el camino hacia convertirse en vino.

Esta atención al detalle es lo que marca la diferencia en la calidad final y asegura que cada botella refleje la esencia del terroir de donde procede.

El inicio de la fermentación

Tras ese meticuloso proceso de selección, la uva es bombeada hacia los depósitos de fermentación, donde utilizaremos una máquina estrujadora que romperá suavemente la piel de la uva justo antes de entrar en el depósito, allí, el mosto junto comenzará la fermentación.
Este proceso, aparentemente sencillo, es en realidad una auténtica revolución natural: las levaduras transforman los azúcares en alcohol y, al mismo tiempo, liberan aromas y sabores que definirán la personalidad del vino.

Durante la fermentación, el trabajo en bodega es constante: se controlan las temperaturas, se realizan remontados y bazuqueos para favorecer la extracción de color y taninos, y se vigila de cerca la evolución de cada depósito. Desde finales de agosto hasta mediados de octubre son, por tanto, días de jornadas largas, en las que el esfuerzo humano se une a la magia de la naturaleza.

El clima del verano y su huella en la añada

El carácter de cada vino está profundamente marcado por el clima de la temporada. El sol y las temperaturas durante el periodo estival influyen directamente en la acumulación de azúcares en la uva, mientras que las noches frescas —si las hay— ayudan a conservar la acidez y los aromas.
Un verano seco puede dar lugar a vinos más concentrados y potentes, mientras que un clima más equilibrado, con algunas lluvias en el momento oportuno, aporta frescura y elegancia. Por eso, cada añada es diferente y única: es el reflejo del tiempo que ha acompañado al viñedo durante meses, un testimonio embotellado de la naturaleza y del trabajo del viticultor.

La emoción de una nueva añada

Agosto y septiembre son, en definitiva, un punto de encuentro entre tradición y futuro. La experiencia acumulada en años anteriores guía nuestras decisiones, pero cada vendimia es un reto nuevo que nos invita a aprender y a mejorar.

En Comenge vivimos estas semanas con nervios, ilusión y respeto: nervios porque sabemos lo mucho que está en juego, ilusión porque cada cosecha es una oportunidad de dar lo mejor de nosotros, y respeto porque el vino es, ante todo, un regalo de la tierra que debemos cuidar y honrar.
Cuando dentro de unos meses descorchemos las primeras botellas de esta añada, recordaremos el calor del verano, el esfuerzo de la vendimia y la pasión con la que acompañamos cada paso del proceso. Porque al final, lo que sucede en la bodega en estos meses, es mucho más que trabajo: es el nacimiento de un vino que llevará consigo el alma de su tierra.